lunes, 30 de marzo de 2009

2POEMAS DE LAURA BENITEZ (Guatemala en el aire / Dieta)


Guatemala en el aire


Hay quien puso a secar tu savia
para pulverizarla
El viento contaminado
arrastra vestigios de tu pulso


Hoy
sé que me duelen las venas
porque llevo tu espíritu en polvo
dentro de ellas


Dieta-


Succiono los días
me los trago uno por uno
o los mastico despacio
porque así no engordan
Llevo un espejo por dentro
que deforma los minutos
amplifica sus perfiles
a las sombras las condensa
y a mi cara en otro espejo la convierte en un punto
y aparte
Y aparte está otra frase
que describe mi futuro y no la leo
El sostén ya no me queda
pues carezco de tus huellas
digitales
O se fueron de paseo
al interior de mi cabeza
con tus dedos
Lo adhesivo de la cinta
que tapaba mis heridas
ya no existe
O se encuentra distraído
al contacto de mis labios


y de mis ojos




1 Arte de John Cage.Untitle.

viernes, 13 de marzo de 2009

¿Y SI LA POESIA NO EXISTIERA?



“The world breaks everyone, and afterward,
some are strong at the broken places.”
Ernest Hemingway




Conversación con Daniel Alarcón Osorio

No siempre se da, disfrutar una conversación sobre literatura con un escritor, que además sea docente del Departamento de Letras de la Facultad de Humanidades de la Universidad de San Carlos y además de ello, un jubiloso promotor de algo que a nadie le interesa en Guatemala: lectura y escritura -ad honorem.

Todo empezó por un saludo, un equívoco y el gusto por la literatura. El equívoco era a raíz de la antología comentada por Ronald Flores El Futuro no es Nuestro, donde menciona a otro Daniel Alarcón (que me sugirió, como diría Borges, un cuento fantástico al saber que habían dos personas con el mismo nombre y que las dos escribieran literatura).

Daniel Alarcón Osorio, accedió a una breve entrevista de tres preguntas para el boletín y se nos volvió una conversación animada sobre los mejores autores que había leído, muchos guatemaltecos, muchos extranjeros también.

Le recordé que había estado en la entrega de su libro Amo a mí mamá, cuyo título me dio una idea equivocada del contenido, y no conocía el contexto de su creación.

“Admiro a tres personas en la vida y mi mamá es la primera”, me dijo.

Me contó con mucha admiración sobre su madre, sobre su infancia, y el primer libro que leyó: “mi mamá me había mandado a comprar tortillas, y un señor me preguntó, que si yo sabía leer. Le dije que sí, y me entregó Hunapuh e Ixbalanque”. Libro que aún conservo.

El libro que más le gustó, Los tres mosqueteros, préstamo de éste proverbial personaje de su infancia que a mi se me hizo un poco como el abate Farías, pues hablaba con Daniel como si fuera su condiscípulo y en una ocasión le dio una lección luego de unos tragos de vodka en pocillo.

Se extendió en muchos personajes de época, en la pura literatura latinoamericana, en la semblanza de su padre y su libro de Rodriguez Macal, y luego ya no había entrevista, era estrictamente el placer de hablar de literatura, de sus autores favoritos: Vallejo, Cardoza, Sábato, Revueltas, Monterroso, Asturias, Obregón, Castillo, Albertí, Hernández, Solórzano, Carrillo, Arce, Huidobro, Cortázar, Arguedas, Arlt, Villatoro, Gelman, Nabokov, Donoso, Soriano, Sabines, Kundera, Yourcenar, Cernuda, Guillén, Pavese, Fomseca, Arreola, Benedetti, James, González Rojas, Calvino, Méndez, Rulfo, Galeano, a los que regresa porque le replantearon y lo aventaron hacia una autocrítica despiadada y revitalizadora de su contexto y trabajo literario
[1].

Pero más que las preguntas me gustaron algunas anécdotas que pudo compartirme sobre Marco Antonio Flores, y Monteforte. “Monteforte era otra cosa como persona”, me confesó sin decir agua va (yo le conté que logré saludar a Monteforte en un centro comercial y lo contrariado que me dejaron sus respuestas).

Me habló de la reverencia que reclamaba el trato con Monteforte Toledo y recordé a Maurice Echeverría en una conferencia, diciéndole algo al oído y luego salir corriendo por un encargo.

Asimismo, me habló de un concurso del Ministerio de Cultura y Deportes, en el que participó donde ni siquiera se habían tomado la molestia de abrir el sobre de su libro, y por supuesto, el premio ya estaba asignado.

Comentamos que conoció a Galeano y lo coherente de su discurso y su obra. Recordó a Monsivais y unos tragos que se habían echado con ese señor muy sabio y muy aburrido.

Estuve de acuerdo con que muchas de sus memorias eran de un compromiso por su propia obra: concisa y sin superfluos adornos.

Sus recuerdos eran novelísticos, idealizados por el tiempo y su mente imaginativa, “tomamos vodka en pocillos de peltre”, o “cuando leía Los tres mosqueteros no había luz en casa y ponía unas candelas o veladoras en la mesa, velando el libro”, o “es un libro de hojas amarillas, que si vieras las letras, parecen caerse, salir de sí mismo, buscando lectores, de lo viejo que es”, y así se fue el tiempo.

No pude hacerle más preguntas, me desarmó su gentileza de revelarme su vida como muchos hablan de la Biblia, sin pudor y con verdadera fascinación.

Alcance a preguntarle, ya, como amigo:

- ¿Y si la poesía no existiera, Daniel?

- No habría humanidad –me respondió.
[1] Lo comprendí al leer El demonio de la ira (poesía).

Léster Oliveros R.



Guatemala 10/02/2009

domingo, 8 de marzo de 2009

-HUMANIDAD CON ELLA-




"…corriendo a comprar tus libros para que nadie vea tus errores ortográficos zumbando por la avenida borracho y extraviado escribiendo notas en los prostíbulos y discutiendo contra los jóvenes en las revistas…"
Javier Payeras, Soledad Brother.


Había una de piernas arquitectónicas,
otra con una mirada de asesina,
y otra más que si parecía completamente una prostituta,
(no tenía pudor para guardarse su ambición,
lo único que amaba era el billete),
aún así, era completamente hermosa.

Una de ellas caminó en la sala con un cigarro,
y un muchacho fue empujado por un señor,
–era su padre –,
ella sabía a qué llegaban los dos,
al señor ya lo conocía, tenían un trato.

Otra de ellas, ojos verdes como de plástico,
culo redondo y violento con un aroma sintético a cremas,
a perfumes baratos y a frasquitos de loción,
se acercó y me pidió un cigarro,
tenía dos, y los encendí.

Parecíamos esperar algo,
un muerto
para justificar nuestra espera,
un café, o un mal poeta recitando a otro.

Quise hablar del tiempo
y terminé hablando de la
Humanidad con ella,
la del cigarro, la de la provocación,
y le dije que esa casa parecía un almacén o una carnicería.
Almacén porque se vendía cierta perfección como la de los objetos nuevos,
y carnicería porque uno llegaba por las buenas piernas,
las hermosas tetas,
los redondos muslos, la carne firme, los ojos vivos,
las vulvas rosas, los pelos sin cenizas, los brazos frágiles,
el rostro nuevo y la lengua enloquecida,
-herramientas para destrozar la muerte-.

Ella sonrió y me tuvo fe por un segundo,
y entonces,
fue que supe que la había conquistado.

Le regalé un manuscrito,
la invité a cenar a mi cuarto.

Hace ya doce meses que vive conmigo
y no extraña su pasado.




Léster Oliveros