
"…corriendo a comprar tus libros para que nadie vea tus errores ortográficos zumbando por la avenida borracho y extraviado escribiendo notas en los prostíbulos y discutiendo contra los jóvenes en las revistas…"
Javier Payeras, Soledad Brother.
Había una de piernas arquitectónicas,
otra con una mirada de asesina,
y otra más que si parecía completamente una prostituta,
(no tenía pudor para guardarse su ambición,
lo único que amaba era el billete),
aún así, era completamente hermosa.
Una de ellas caminó en la sala con un cigarro,
y un muchacho fue empujado por un señor,
–era su padre –,
ella sabía a qué llegaban los dos,
al señor ya lo conocía, tenían un trato.
Otra de ellas, ojos verdes como de plástico,
culo redondo y violento con un aroma sintético a cremas,
a perfumes baratos y a frasquitos de loción,
se acercó y me pidió un cigarro,
tenía dos, y los encendí.
Parecíamos esperar algo,
un muerto
para justificar nuestra espera,
un café, o un mal poeta recitando a otro.
Quise hablar del tiempo
y terminé hablando de la
Humanidad con ella,
la del cigarro, la de la provocación,
y le dije que esa casa parecía un almacén o una carnicería.
Almacén porque se vendía cierta perfección como la de los objetos nuevos,
tenía dos, y los encendí.
Parecíamos esperar algo,
un muerto
para justificar nuestra espera,
un café, o un mal poeta recitando a otro.
Quise hablar del tiempo
y terminé hablando de la
Humanidad con ella,
la del cigarro, la de la provocación,
y le dije que esa casa parecía un almacén o una carnicería.
Almacén porque se vendía cierta perfección como la de los objetos nuevos,
y carnicería porque uno llegaba por las buenas piernas,
las hermosas tetas,
los redondos muslos, la carne firme, los ojos vivos,
las vulvas rosas, los pelos sin cenizas, los brazos frágiles,
el rostro nuevo y la lengua enloquecida,
-herramientas para destrozar la muerte-.
Ella sonrió y me tuvo fe por un segundo,
y entonces,
fue que supe que la había conquistado.
Le regalé un manuscrito,
la invité a cenar a mi cuarto.
Hace ya doce meses que vive conmigo
y no extraña su pasado.
Léster Oliveros
Ella sonrió y me tuvo fe por un segundo,
y entonces,
fue que supe que la había conquistado.
Le regalé un manuscrito,
la invité a cenar a mi cuarto.
Hace ya doce meses que vive conmigo
y no extraña su pasado.
Léster Oliveros
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